Saturday, 15 de June de 2024 ISSN 1519-7670 - Ano 24 - nº 1292

Vida e intimidade

Una pena. Es algo que he comentado con periodistas de cultura y que he experimentado en primera persona: entrevistar a celebridades se ha convertido (salvo excepciones) en algo muy aburrido. Una pena, porque entre los sueños de todo joven periodista está el de penetrar en otras vidas, tener acceso a una parte del corazón y a un cuarto de trabajo, salirse de lo puramente profesional para dejar que el entrevistado divague y muestre algo de su alma. Pero no hay manera. Las grandes estrellas, bien parapetadas por representantes, agentes o jefes de prensa, imponen el cuestionario. Se someten durante tres días a una promoción agotadora, pero con la condición de que cualquier asunto personal sea eliminado. Los periodistas se colocan delante de ellos con la entrevista pactada y vuelven a las redacciones con ese triste material de trabajo. El resultado está a la vista de los lectores: pocas veces en la entrevista a una estrella se encuentra un tesoro. ¿Por qué los periodistas aceptan ese trato tácito, por cobardía? No necesariamente: las estrellas tienen poder. En realidad, hace tiempo que se asumió lo que conviene a las productoras y mánagers, que las entrevistas sean una publicidad gratuita de las películas sin que el periodista roce en lo más mínimo la finísima piel de la estrella. No es algo exclusivamente español; la célebre entrevistadora británica Lynn Barber, autora de An Education, las memorias que inspiraron la película, contaba cómo se sintió halagada cuando en los setenta la revista Vanity Fair le ofreció marcharse a Estados Unidos para hacer entrevistas a celebridades y cómo tiró la toalla porque no se le concedía la posibilidad de preguntar lo que quisiera. La reina de las entrevistas de sociedad de la prensa inglesa se preguntaba por qué había preguntas que no podían hacerse: ¿es que no debiera una estrella tener la sabiduría de esquivar con educación una pregunta que le resulte molesta? Lynn Barber no pertenecía en absoluto a la prensa amarilla, no tenía interés en saber detalles sobre la intimidad de sus entrevistados, pero sí sobre su vida. Cuando percibió que, de manera creciente, las estrellas no sabían distinguir entre intimidad o vida, renunció a su contrato en la revista de sociedad más famosa del mundo y se volvió a su país. La gota que colmó el vaso fue un encuentro con el estrafalario Nick Nolte. Le entrevistó en su rancho, sintió que todo había sido correcto, incluso amable, pero cuando volvió al hotel recibió una llamada. La entrevista no se publicaría: las preguntas de la periodista no habían sido del agrado del entrevistado. La revista se sometió a los gustos del actor por conveniencia: no podían cortar el vínculo con esa agente que representaba a otros artistas a los que querrían tener acceso en un futuro. Por otro lado, la intromisión injustificable de la prensa canalla en la vida de los famosos ha sido la coartada final para que estos se replieguen hasta convertirse en los nuevos puritanos. No beben, no fuman, no quieren mostrar ninguna arista, y transmiten a la prensa sus cambios de estado civil mediante un comunicado oficial. El hábitat ideal de las estrellas son esos programas tipo David Letterman en los que se pactan cuatro gracietas que dejan al presentador como un tío ocurrente y a la estrella como una persona campechana. Es algo muy comparable a aquello en lo que se ha convertido la relación de los políticos con la prensa: no se admiten preguntas molestas, se margina al periodista incisivo y cuando el político siente la necesidad de mostrar su lado humano acude a contar una anécdota simpática a un programa simpático. Eso de tener que hacer pensar al entrevistado es algo obsoleto. Aun así, creo que el lector va percibiendo y rechazando eso de comerse una promoción a palo seco sin que exista algo de generosidad por parte de quien habla. Por su parte, el periodista se encuentra con grandes consuelos: en los últimos tiempos, las entrevistas a filósofos, economistas, pensadores, médicos, activistas, están despertando gran interés entre los lectores. Estamos deseando que nos hablen de las cosas que nos importan, queremos escuchar a un ser humano, aprender los secretos de un oficio, pero no sólo eso, queremos que nos cuenten una peripecia vital. Todo ser humano con el que entablamos una conversación espontánea en un viaje o en la calle nos cuenta un retazo de su vida, algo que va más allá de sus meros logros profesionales. Sin duda es más difícil para una gran estrella mantener a los entrometidos a raya, pero conozco a estrellas que han asumido que la mejor manera de mantener la curiosidad de los demás en un límite razonable es ser educado. La clave está en distinguir, como distingue cualquier individuo a diario, entre lo que es intimidad y lo que es pura vida. Qué insoportable debe de ser sentirse tenso ante cualquier desconocido. Hay una cita de W. H. Auden que resume lo dicho: ‘Las caras de seres anónimos en los lugares públicos son más sabias y más amables que los rostros de los famosos en los lugares privados’. Cierto: qué poco interés despierta, para un lector cultivado, una persona dedicada en exclusiva a vender su producto. Qué aburrimiento leer siempre las mismas bobadas. Y cuánto espacio se les dedica.

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Colunista do El País