Friday, 21 de June de 2024 ISSN 1519-7670 - Ano 24 - nº 1293

Carles Esteban

‘El idioma castellano-español es uno de los más vigorosos del planeta y se calcula que lo hablan algo más de 400 millones de personas. Su uso avanza de forma imparable en países como Estados Unidos o Brasil, y empieza a ser el primer idioma extranjero preferido por los alumnos de enseñanza media y superior en numerosos países. La lengua goza de buena salud en general. Pero la globalización y la interconexión permanente entre gentes de todo el planeta, así como los despliegues informativos que propician guerras, desastres naturales o acontecimientos sociales o deportivos, con una difusión televisiva las 24 horas del día ñ algo impensable hace tan sólo veinte años ñ , está propiciando una expansión sin precedentes del inglés como idioma, y por ende de la terminología inglesa.

La potencia económica, política y militar de Estados Unidos y la capacidad de este idioma para ‘inventar’expresiones relacionadas con las nuevas tecnologías, la ciencia, el deporte (en este caso la tradición viene de antiguo y el mérito es británico), las nuevas formas de vida y de relación social, o la política, han convertido a la lengua inglesa en una referencia para millones de personas en todo el mundo. Los periódicos, que deben sintonizar con las inquietudes sociales, lógicamente no son impermeables a esa lluvia fina pero constante que es el avance de la terminología inglesa en muchos ámbitos informativos. Pero eso no siempre gusta a algunos lectores.

Joan Carles Coll, por ejemplo, muestra su desacuerdo con el uso del término skyline, en lugar del castellano línea del horizonte, en las informaciones publicadas sobre la torre Agbar recientemente inaugurada en Barcelona: No me parece nada correcto. Así no se defiende el lenguaje, ni se contribuye a su pureza. Bastante lo maltratamos todos’, manifiesta. En el mismo sentido se manifiesta Jaume Assens, quien resalta que en la contra, en una entrevista se decía que el entrevistado estaba quemado, y unas líneas después lo recalcaba utilizando la expresión anglosajona born out, que además no quiere decir quemado (la expresión correcta sería burnt-out).

Finalmente, el lector Andreas Manz escribe al defensor manifestando su queja por diversas faltas de ortografía y errores tipográficos detectados, asícomo por el uso de términos en inglés, y pone como ejemplo un artículo aparecido en el suplemento Dinero del pasado 18 de septiembre bajo el título La hora de hacer business, en el que figura la siguiente frase: De entrada la más llamativa resultan los business angels, los ángeles inversores, de origen anglosajón como su nombre indica’.

El Libro de redacción, que marca las pautas profesionales, deontológicas y estilísticas que deben seguirse en la elaboración del periódico, aborda esta cuestión en dos apartados. En el dedicado a los neologismos (vocablo, acepción o giro nuevo en una lengua) dice: ‘Ante un neologismo debemos plantearnos si existe equivalente en castellano. Muchas veces la pereza o el intento de originalidad convierten al periodista en un coladero de términos innecesarios’. Y finaliza así: ‘La corrección idiomática se impone y cambiaremos el término utilizado por el ya existente en castellano’.

En el apartado dedicado a extranjerismos señala:

‘Como norma general escribimos en cursiva las palabras que no figuran en la edición XXII del Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE), como royalty impeachment, piercing o star system. Escribiremos en redonda (la letra normal del diario), las palabras que el DRAE ya ha aceptado, como ballet, crack, cricket, sex-appeal o striptease’. Es evidente que se impone una mayor atención por parte de toda la redacción a los preceptos que nos marca el Libro de redacción.

DATOS INCORRECTOS.

En la edición del pasado domingo 4 de septiembre se publicó en la Revista un amplio reportaje de Jordi Rovira con el título ‘Los límites de la comodidad’. El autor realizaba un análisis muy detallado de cómoíla sociedad de la informalidad empieza a preguntarse dónde acaba la libertad de vestirse y dónde empieza el decoro’. En un fragmento de su trabajo, que ocupaba cuatro páginas de la sección, el autor escribe: ‘Otra muestra de esta ruptura de moldes fue protagonizada por la multinacional IBM, que a principios de este año anunció que daría libertad a sus empleados para vestir de manera informal. Al día siguiente, Louis Gerstnel, presidente de la empresa, acudía a la oficina con camisa azul, contraviniendo las normas que durante años había impuesto la empresa’.

El lector Xavier Caballé escribe al Defensor puntualizando varios datos de este párrafo. En primer lugar señala que el apellido del directivo de IBM está escrito incorrectamente y que el nombre correcto es Louis V. Gerstner. En segundo lugar precisa que fue presidente de IBM hasta marzo del 2002, cuando abandonó el cargo, y finalmente agrega que ‘la anécdota que se explica data de 1993, cuando se presentó a la reunión del consejo de administración con una camisa azul, y no de este año’, como parece desprenderse del texto del artículo.

El autor del trabajo reconoce que el lector tiene razón en que ‘el cambio en la informalidad a la hora de vestir en IBM no se dio en el 2005 y por tanto había una confusión en la fecha, aunque según los datos que he repasado con atención, tampoco tuvo lugar en 1993 como señala el lector sino un poco más tarde, en febrero de 1995. El error en el nombre del directivo se debe, en parte, a que en una noticia publicada en La Vanguardia el 13 de febrero de 1995 ñ que utilicé como base documental, el impronunciable apellido aparecía incorrectamente escrito. También es cierto que Louis V. Gerstner estuvo al frente de la compañía entre 1993 y 2002, año en que se marchó a trabajar para el grupo Carlyle, y que por tanto también se produjo una confusión al situarlo todavía al frente de la compañía. Pese a todo, a mi juicio, todo ello no afectaba al sentido general del artículo. No obstante lamento las inexactitudes y pido disculpas a los lectores’.

El caso es que, aunque un trabajo periodístico en su conjunto refleje adecuadamente la problemática que aborda, si se basa aunque sea parcialmente, en datos incorrectos o inexactos siempre acaba provocando una herida, por pequeña que sea, en la credibilidad del medio entre sus lectores. Como errar es humano, y los periodistas no estamos por encima del bien y del mal, deberemos insistir en repasar y comprobar cuidadosamente la exactitud de los datos aportados en un trabajo destinado a ser leído por muchos miles de lectores. Sin duda ellos nos lo agradecerán y el periódico saldrá ganando.’